Defensa apasionada (y razonada) de las lenguas minorizadas (Álvaro de Prado)

Leo por ahí que «como instrumentos de comunicación, entre francés y catalán no hay color». Ajá. O sea, que hay idiomas de primera y de segunda. Que un idioma no es per se un instrumento de comunicación y cultura o que uno es más y mejor instrumento de comunicación que otro. Que no todas las lenguas tienen intrínsecamente el mismo valor. Y eso, permítaseme la pregunta, ¿en virtud de qué? ¿De su número de hablantes? ¿De algún tipo de supuesta superioridad lingüística, ética o estética? Ya puestos, que se diga abiertamente, sin vergüenza, ambages ni diplomacia: porque uno representa a una comunidad económicamente más fuerte que otra; porque uno ofrece mayores y más jugosas oportunidades de negocio gracias a su expansión geográfica y posición geoestratégica y al producto interior bruto de su Estado; porque uno tiene mayor prestigio social que otro gracias al aparato estatal y mediático que tiene detrás. Pero que no lo disfracen bajo milongas pseudointelectuales relativas a la utilidad y eficiencia comunicativa.

No busque el lector contenido político alguno en la defensa que intento hacer de las lenguas peninsulares minoritarias, no, de ninguna manera. Todos mis argumentos son lingüísticos y culturales emitidos desde la tolerancia del vive y deja vivir, desde la autoidentificación sin exclusiones y desde el respeto a la singularidad y la diferencia. Y alguno que otro será sentimental. Sin embargo, los prejuicios contra estos idiomas periféricos sí podrían etiquetarse con mucha frecuencia como xenófobos, por cimentarse implícita o explícitamente en la asunción de que hay unas lenguas superiores a otras. Hablamos, digámoslo claramente, de racismo aplicado a las lenguas y, por extensión, a sus hablantes. Los ataques y desprecios al gallego, catalán, vasco y otras lenguas minoritarias suelen proceder de la ignorancia monolingüista nutrida de estereotipos simplones y mezquinos, incomoda si a su alrededor se habla una lengua que no sea la suya. Pero para entronizar al idioma propio —que muy afortunadamente no precisa defensa alguna, todo sea dicho— esas voces no necesitan hacerlo a costa de desconsiderar o desprestigiar ya no a la lengua ajena sino, de manera indirecta, a sus hablantes. Parece como si, para defender lo propio, algunos, en una artimaña de jibarismo mental, necesitasen poner en cuestión la importancia de lo ajeno. Seguir lendo “Defensa apasionada (y razonada) de las lenguas minorizadas (Álvaro de Prado)”